martes, 22 de agosto de 2017

Beber a través de las raíces

"La savia que me alimenta 
tiene una historia;
tiene tierra, lucha y lágrimas. 

Me alimento del legado, 
de lo que lucharon mis bisabuelas, 
de las vidas que crearon y cuidaron, 
a costa de las suyas propias. 

Me alimento de las balas que no llegaron, 
de los miedos que no frenaron, 
de los riesgos que vivieron 
abuelos, abuelas, antepasados. 

Me alimento de los regalos que mi padre y mi madre envolvieron en todo su amor y me cedieron, 
aún sin pedirlos, 
aún sin ser buenos o malos. 

Me alimento de la savia que corre por mis venas y también de otras cosas." 

Cada persona tiene un pasado, un legado o pasado de su propio pasado. Algunas veces, esto nos nutre, nos aporta un contexto afectivo y nos da una referencia para transitar por nuestro presente e ir tejiendo algo que volverá a ser pasado algún día. 

Sin embargo, nuestro legado, la historia de nuestra familia, no siempre nos nutre de la manera que necesitamos, no siempre nos nutre de la manera en que queremos ser nutridas y nutridos en este presente. En algunas personas este darse cuenta genera una pelea interna y externa con la que rechazar y extirpar algo que no es posible quitar por la fuerza. Te acompaña y lo hará porque acompañó a quienes te criaron y, para bien y para mal, forma parte de ti. 

Siento que la respuesta no puede ser la lucha en ningún caso. La lucha muchas veces magnifica eso que miramos con rechazo, eso que no deseamos. La lucha hace el efecto lupa, con una asombrosa capacidad de aumento del dolor. Y hace un efecto prismático, cerrando nuestro campo visual para ver solamente "eso" que no nos gusta. El drama suele expresarse en forma de quejas y lamentos. Y quizás tengas motivos para quejarte, quizás tengas motivos para observar con detenimiento eso que quieres cambiar. Solo quiero decir que, una vez localizado, una vez aumentado lo necesario, pasa a la acción: escúchalo y escúchate para trabajarlo; decide qué vas a hacer y hazlo.

Quedarte en la etapa de queja y lamento supone estar mirando con atención absoluta y a través de la lente de aumento más grande que tienes aquello que no te gusta y, lo más importante, eso pasa por enfocarte en el responsable externo para llegar al callejón del: pobre de mi. Cuanto más nos acomodamos en este rol, más nos cuesta salir de él. Lamemos nuestras heridas sin parar y sin dejar que cicatricen, sin permitir que el pelo protector vuelva a crecer encima y nos escude en nuestro avance. 

El rol de víctima tiene mucho de pasividad y de inmovilidad. Si, hay momentos en los que necesitamos sentarnos en ese sofá durante un rato, necesitamos visibilizar nuestro daño, nuestro dolor y pedir que nos acunen, que nos presten un hombro o incluso veinte y que nos escuchen. 

Si estás en un momento de estos, lo único que te pido es que observes con atención el hueco que dejas en ese sofá al levantarte ¿es persistente? ¿tiene la forma de tu cuerpo? ¿crees que ha llegado la hora de soltarlo y de salir de allí? No resulta fácil echar a andar después de un trauma. Así que si no te ves con fuerzas, pide ayuda. Tú decides dónde quieres estar. 

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